Veracidad

Hielo Rojo — Lunes 10 de Marzo de 2008, 10:28

–Buenas tardes.

–Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlo?

–Vengo a denunciar una amenaza de muerte –dijo tranquilo Bruno.

El oficial de policía, poco acostumbrado a ese tipo de trámites, lo miró extrañado–. Sígame por favor.

Bruno acompañó al oficial a una habitación donde había solamente una mesa y varias sillas. Vio por la ventana como el oficial que lo había atendido se acercó a una persona de civil que estaba trabajando en un escritorio y le dijo unas palabras. Este abandonó lo que estaba haciendo y entró a la habitación.

–Buenas tardes, soy el Inspector Johansen –se presentó.

–Bruno Becker –le contestó mientras le estrechaba la mano.

–Soy el oficial a cargo de la investigación de los asesinatos –explicó el policía–. Explíqueme por favor lo sucedido.

Bruno contó que se había ido de vacaciones, y que al volver encontró la amenaza de muerte en su puerta, que desde ese momento había estado en un hotel, y que no había entrado a su casa ni a su oficina desde ese momento. No dijo palabra sobre Di Francesco, sobre Ganduxer, ni sobre esa retahíla de documentos y papeles raros que formaban parte de sus últimos días.
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Avisos

Hielo Rojo — Lunes 25 de Febrero de 2008, 02:53

Bruno no se dio cuenta lo cansado que estaba hasta que se acostó. Había decidido ir a la mina a la mañana siguiente, por lo que llamó a su secretaria para avisar que estaba bien y que iría al otro día. No acostumbraba a justificar sus ausencias o sus tardanzas, pero no quería que se asustaran, ya que él debería haber vuelto a trabajar de las vacaciones el día anterior.

A la mañana siguiente, se levantó, se bañó, y cuando se estaba secando, llegó un mensaje de conserjería indicando que había alguien esperándolo en la recepción del hotel. Bruno activó el videófono y le indicó al conserje que le pidiera una identificación al visitante, que tomara sus datos, y que le dijera que esperara unos veinte minutos, que él bajaría.
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Identidad

Hielo Rojo — Martes 12 de Febrero de 2008, 09:36

Segundo capítulo de Hielo Rojo.

Además, acomodé un poquito mejor las imágenes, y agregué una cita abajo del título, de la que me había olvidado antes.

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Cuando despertó le dolía tremendamente la espalda. Yacía acostado, semidesnudo, en una especie de camilla. Estaba en un lugar limpio, aséptico, olía como un hospital. Aunque pensó que había abierto los ojos, aún tenía los párpados cerrados, y sólo veía manchones de luz. Segundos después pudo finalmente abrirlos viendo una potente luz sobre él.

A su alrededor había demasiados cromados como para ser un hospital. Se sentó en la camilla, la cual no era sino una plancha de acero inoxidable. Comenzó a registrar con la vista la habitación. Buenas luces, grandes casilleros cubriendo una pared. Frente a él, una camilla similar a la que estaba él, y más allá, junto a la camilla, una mesita con instrumentos de cirugía. ¡Estaba en una morgue, sobre una mesa de autopsias! Se dio vuelta asustado, para ver la mesita que correspondía a su camilla y allí estaba el resto de su ropa, prolijamente doblada.
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Hielo Rojo

Hielo Rojo — Viernes 25 de Enero de 2008, 18:58

Hace muchos años, yo vivía una vida que era otra. Esa vida, entre otras cosas,  implicaba que para ir a trabajar tuviera que tomarme el subte E, de punta a punta.

Agarrar algo que es malo, y no encontrarle el lado bueno, sino generar algo bueno a partir de eso malo, es una de las maneras de ser feliz. En mi caso, y con respecto al subte, yo aprovechaba esos 22 minutos más espera para dormir o leer, en función de cuan despierto estuviera para leer.

En algunas ocasiones, intenté escuchar música, pero el subte en Argentina no es lo más aconsejable, ya que el volumen necesario para poder escuchar la música por arriba del ruido de las maquinarias es absurdo (al menos en el E).

Y un día intenté escribir. La idea me vino luego de leer Un saco de huesos, de Stephen King, en donde el protagonista es un escritor. Y a mi me dieron ganas de escribir. Agarré, entonces, un bloc de hojas y una lapicera, y comencé a aprovechar mi tiempo de viaje escribiendo.

No era que se me había ocurrido la historia de mi vida. No era que tuve una epifanía sobre un mensaje a transmitir. No era que el propósito de mi vida tuvo un giro. No. Quería experimentar qué es eso de escribir. Y escribí algo.

Luego de muchísimas correcciones (gracias a todos aquellos que lo comentaron), quedó una versión final con la que estoy satisfecho, y que incluso llegué a registrar en el Registro de Autores.

Ese algo se llama Hielo Rojo, y quiero compartirlo con ustedes por este medio.

Mi idea inicial es dejar aquí un capítulo cada quince días aproximadamente. Para no hacer demasiado monótono el texto, quizás busque algunas imágenes que ponerle, y para facilitar la inclusión en esta estructura, voy a ponerle nombres a los capítulos. Aviso ambas cosas porque en el original no hay imágenes, y los capítulos son sólo numerados.

Espero que lo disfruten.

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Fue despertando lentamente. Había tenido nuevamente ese sueño recurrente, al igual que en las dos últimas semanas. Sólo que esta vez había sido más vívido.

Pidió una bebida y preguntó por el menú de comidas, pero la computadora le respondió que no podía consumir sólidos, sólo líquidos hasta media hora después de despertar. Era quizás por eso, para controlar esa etapa sin problemas, que los despertaban casi una hora antes de llegar.

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